CRÔNICA
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El pequeño mundo de las minorias
(*) Claudio Salvador
¿Cómo puede pedirse a los pueblos originarios que proyecten su futuro en áreas que no garantizan ni su propia descendencia?
Hablar de muros puede resultar anacrónico, fuera de lugar en la historia. Sin embargo, cuando de territorialidad indígena se trata, debe comprenderse este signo como una fuerte advertencia a las omisiones que la sociedad dominante comete, por soberbia o falta de verdadero interés.
Las minorías que aún conservan su tradicional manera comunitaria de vivir se encuentran acorraladas, acotadas a minúsculas superficies que, contrariando lo establecido en la Constitución del 94, no son suficientes para su desarrollo. En el caso de los pueblos que alguna vez fueron migrantes, la natural expansión demográfica agrava la situación. Ya no hay “nuevos comienzos” para los grupos migrantes y la sobrepoblación amenaza su supervivencia en los espacios a los que se les reduce obligadamente.
Esta realidad es todavía más acuciante en el caso de nuestra cultura de la selva, porque la selva ya no está y no precisamente porque ellos la hayan devastado.
Concretamente, en una de las comunidades indígenas de Puerto Iguazú, la densidad de población era en el año 2005 de 0,64 habitante/hectárea (h/h). Hoy, sólo cinco años después, ese número es de 1,51 h/h. Esto significa, nada más ni nada menos, que un 136 por ciento de crecimiento de la población sobre el mismo pedazo de terreno. En cifras duras, este ritmo de crecimiento es al menos 20 veces superior al que, en promedio, manifiesta la Argentina en su conjunto.
Si se tiene en cuenta que los territorios indígenas están incluidos en el sistema de áreas protegidas de Misiones como “reservas naturales y culturales” guarani, la relación se endurece todavía más al tener en cuenta que el status mencionado lleva implícito un plan de manejo socio-ambiental. Con este criterio establecido por ley provincial, debe existir un equilibrio entre los bienes naturales (la selva), la vida comunitaria y, eventualmente, las áreas de producción. Dependiendo del caso, el índice demográfico puede hasta duplicarse con estas imposiciones.
¿Cómo puede pedirse a los pueblos originarios que proyecten su futuro en áreas que no garantizan ni su propia descendencia?
En esa misma área territorial cada año más familias deben establecer su hogar, producir su agricultura y ganadería menor de subsistencia e intentar, por los pocos medios a los que acceden, sostener su tradicional manera de ser y de vivir.
Hablar de muros, o de cercos de alambre tejido, que demarquen un territorio indígena no es hablar de límites físicos ni de aislamiento voluntario. Es a mi humilde juicio una forma más de ganarle tiempo a la historia. Otro llamado de atención hacia los intolerantes “de afuera”.
Quienes han perdido mucho no están dispuestos a entregarlo todo y deben organizarse para cuidar a sus niños y mujeres de la codicia que no deja de avanzar, los envuelve y ahoga.
Las culturas que coexisten en la tierra de las Cataratas deberán conocerse más si es sana la intención de convivencia, ya que ésta está muy lejos de ser lograda en las actuales condiciones. Se hace necesaria con urgencia una educación apropiada para la convivencia. Y si que los blancos aún creemos que las leyes garantizan la armonía social, deberemos respetar las leyes indígenas en sus territorios, posibilitar el entrenamiento de policías indígenas que garanticen su cumplimiento y para que interactúen con las otras fuerzas de orden público. También, entre otras cosas, equipar y capacitar a los dueños de los territorios para que controlen y resguarden sus bienes comunitarios con las tecnologías que hoy están disponibles.
Recién entonces los muros pasarán a ser una anécdota de viejos tiempos pasados.
(*) Claudio Salvador é jornalista, blogueiro e militante das causas ambientais e indígenas em Puerto Iguazu, Argentina. Texto publicado originalmente no blog Bicho do Mato, em 4 de agosto de 2010.
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